
Lo que si no sabía, y por tanto me sorprendió notablemente, es que nosotros íbamos a una guerra contra los gringos. Sin embargo, a mi me pareció un buen gesto de que nos informara de esa situación por aquello de que „guerra avisada no mata soldado‰.
Fue así como ese mismo sábado puse en marcha varias acciones para lograr aborrecer a nuestros enemigos, es decir empecé a prepararme para la lucha contra los que viven al norte del río Grande y al sur de Canadá. Lo primero que hice fue salir a la calle y caerle a patadas a mi auto americano, modelo 1985, que siempre me deja botado en la carretera y me obliga a gastar millones de bolívares para mantenerlo parapeteado. "La próxima vez me compro un carro japonés o europeo", decía mientras me entrenaba en el odio.
Luego llevé a mis muchachas y mi niño a cortarse el pelo en una peluquería infantil. Allí y durante dos horas me tuve que aguantar las cancioncitas del inefable dinosaurio morado gringo que mientan Barnie. ¿Cómo no odiar a los gringos luego de calarse a tan nefasta creación? ¿Cómo no pensar que es un mensaje de la contrarrevolución la empalagosa afirmación con que cierra cada capítulo "te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz"? No era aún el mediodía y ya era bastante buenas mis condiciones para ir a la guerra.
Salimos de la peluquería y nos fuimos a un lugar de comida rápida; unas de esas invenciones llamadas franquicias cuya idea viene de yu-es-ai. Allí, tentado por una espectacular fotografía, pedí una hamburguesa doble con queso amarillo, con papitas súper crujientes y refresco. Como respuesta a mi pedido y al desproporcionado pago, recibí tres pedazos de pan encerrando a dos suelas de carne, con un mísero queso. Las papas viejas y el refresco aguado."Te odio gringo, te odio". Créanme que si en ese momento me dan un arma, arranco a los cayos de Florida para empezar la invasión.
En la noche, encendí un canal por cable y me conseguí un programa de Michael Moore (The auwful thruth o La terrible verdad), ese que se ha erigido –con libros y videos– como la voz de la conciencia de los gringos, quien nos hace ver lo imperfecta, injusta y hasta salvaje que es la sociedad norteamericana. Ver los descubrimientos de Moore junto a su gorda y sobre-pesada humanidad tenían el mismo efecto: yo estaba odiando a los gringos.
Pero esa misma noche, y mucho antes del comunicado de la Cancillería, que separaban la opinión de Otaiza del pensamiento del Gobierno, me encontré con algo que acabó con mi estado de animadversión contra los ciudadanos de los Estados Unidos de América.
Se trataba de Saturday Nigth Life, un programa de humor que transmiten en vivo (aquí lo retransmiten "inexplicablemente" varios meses posterior a su edición). En una de sus parodias, los gringos estos que debemos odiar, se mofaban de las declaraciones y conductas del Presidente, George W. Bush, el Vice-presidente, Dick Cheney, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y Condoleezza Rice.
Entonces me imaginé disparándole al elenco o a los productores de tan inteligente programa y no me jayaba. Me parecía absurdo combatir a quienes usan el humor para criticar a los líderes de uno de los países más poderosos del mundo sin temor a ser citados por la Fiscalía a solicitud de algún funcionario del ejecutivo de USA.
Así el humor logró hacerme entrar en razón y pensar que si hay algo para odiar es a la guerra, a la política exterior de muchos estados, a la violación de los derechos humanos, a la exclusión por motivos de tu convicción política, opinión, raza o religión. Eso, es lo que tenemos que odiar, aquí y en los Estados Unidos. Y para combatirlo lo que menos necesitamos son armas.
Yo no entendí porque la gente se horrorizó (y aún se horroriza) con las declaraciones de Eliézer Otaiza en las cuales sostenía que „cuando se va a la guerra hay que empezar a odiar al contrincante‰ (El Nacional, 2-04-2005). Eso es lógico.

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