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Terra
La Coctelera

10 cosas de mi infancia que recuerdo...


Amigos: Cuando era niño vivía en la vereda 16 de la Urb. La Paz en Monay; recuerdo a Elieser, Luis y Juan Carlos “Los Gordos” Rances “Guason”, James Frank nombre gringo pero criollito de apellido Duran Pulgar, recuerdo a Yobani a quien llamábamos Narda a Henrry Torres y al Ñapo con quien pelee varias veces. De las niñas recuerdo ah Alaska, Aisel, Jinett y Marisela Rojas recuerdo a otra gran cantidad de amigos que no puedo nombrar porque sus apodos eran obscenos.

Juegos: fue una época buena porque salíamos a jugar a la calle hasta muy noche. Muchos eran deportivos y muchos los propios de la infancia como a las escondidas, los paralizados, Stop, y fusilados… todos éramos amigos, y fue una infancia muy feliz.

Videojuegos: Desde niño tenía videojuegos empezando por el Viejo Atari, Después mi favorito el Family donde jugaba Mario Bros 1 y 3 por horas! Seguido del Sega Genesis, el Super NES y luego el Reciente videojuego japonés Play Station…

Pastelitos: Era una de mis “comidas” favoritas cuando era niño… los sabados por la mañana pasaba por la vereda un señor vendiendo los pastelitos y despertaba a mi mama tempranísimo para que me hiciera un café con leche y ver “nintendomania

Pirgui”: Era mi perra mestiza de fila y gran danés blanca de ojos verdes, que siempre me acompañaba a todas partes; comía bichos y a veces me quitaba mis juguetes mientras jugaba en el suelo para morderlos, muchos soldaditos de plástico murieron en su boca, se convirtió en la perra de la vereda, todos estaban pendientes de ella, no mordía, bueno… a mi a veces… y como llego a nuestras vidas así mismo se fue, ella llego sola y sola se fue… nadie supo mas de ella… sin duda alguna fue una perra con personalidad propia...

Ajedrez: la señora Benedicta me regalo un tablero y sus piezas a los 6 años y mi mama me obligo ah aprender a jugar hubo un tiempo en el que en realidad era una pasión aunque después con el tiempo me fueron interesando otras cosas, aunque van años de no jugar aun puedo ganarle a uno que otro que me rete.

Blacaman: Cuando era niño ley una recopilación de cuentos de Gabriel Garcia Marquez y este es el personaje que mas recuerdo.


Galactico: Me toco la primera vez que salí al aire este anime que se volvió leyenda siempre quise una lanza trionica…

Mis hermanos: recuerdo al Eduardo “El Topo” para sus amigos El ENANO” para mí, porque Gustavo José vino ya cuando éramos grandes y aunque nunca nos llevamos así como wow súper amigos, siempre nos cuidamos y nos cuidamos aun, siempre han estado ahí cuando hay algo “serio” y el resto del tiempo nos andamos jodiendo nada más.

Los limones: Esta es parte de una historia muy extraña de mi… había una enorme mata de limón en un campo cercano a la casa y los amigos y yo íbamos de excursión para traer bolsas y bolsas de limón básicamente tomábamos jugo de limón todos los días

Mis papás: Yo diría que las personas a las que más amo, sin duda son ellos aunque a veces con la monotonía olvidamos eso, Mi mama con sus cuentos de “de tio tigre y tio conejo” aparte de ser todolohago y siempre tener una respuesta a cualquier problema y ser muy inteligente con su comida, sus cuentos bien contados y consentidora la señora. Excelente cocinera y confidente de mi infancia, aunque con los años me he guardado cosas para mí mismo, en mi infancia ella lo supo todo. A mi Papa no lo conocí sino por referencias y cuentos de quien lo conoció pues papa murió cuando yo era un bebe pero gracias a lo que me han contado, las grabaciones de su voz, su extensa biblioteca política y las cartas de amor que mi mama aun guarda lo conozco y lo admiro. Los quiero mucho, mentira, los amo.

Me hubiera gustado poner mas pero no hay espacio. Que tiempos… de esas cosas que teníamos o que hacíamos de niños recuerdos bonitos, creo que de algún modo son cosas que nos van moldeando aunque sea en algo tan simple como una broma, un comentario o al ver algo relacionado que nos alegra el día al recordar esa infancia.

Gracias a Alaska Patricia y al buen Eliezer por considerarme aun su amigo y atenderme cada año cuando me acuerdo de visitarlos… jajaja me desperté a escribir esto pero en fin estuvo bueno. Saludos son las 3:50 y algo de la mañana…. Me voy a dormir.

Como conocí a Blacaman

Para el año 1982 mientras García Márquez recibía el nobel de literatura yo conocí o más bien supe de un curioso personaje. Blacaman Vendedor de Milagros, un personaje sin igual quien en su constante peregrinar sanará a los locos, le dará vista a los ciegos, hará caminar a los inválidos, regenerará los miembros de los tullidos y curará a cuanto enfermo le pongan enfrente por una módica suma de dinero. , yo era un niño y soñaba con ser Blacaman… tuve la suerte de tener una Mama que se preocupara por mi y mi futuro… con mi Mama fui Boy-Scout, con mi mama fui amo de casa o Cachifo.. aprendí a cocinar, a lavar planchar y cocer mas otra gran cantidad de cosas propias de las niñas pero que según mi mama eran necesarias pues mi Mama siempre pensaba en el día en que ella nos faltara, y siempre decía aprendiendo no pasaran trabajo… pero eso es otra historia lo que hoy me ocupa igual se lo debo a mi Mama… como antes dije yo era un niño habido de aventuras y cuando me metia en problemas, eso significaba castigo… no eran iguales a los de los demás niños no, no, no… a mi me castigaban de la forma más horrible que se puede castigar… a mi me ponían ah aprender… si,… mi mama me ponía a hacer copias del primer libro que encontrara… y debo aclarar algo mi mama me ponía a hacer copias en la biblioteca de la universidad ya que mi patio de juegos permitido eran las instalaciones del Núcleo Universitario Rafael Rangel ULA Trujillo. Tuve acceso a los laboratorios, talleres, imprenta, registro estudiantil, el cafetín y la entrañable biblioteca. Con mi hermano adoptamos cualquier cantidad de hámster y conejillos de indias. Pero volvamos a la biblioteca; en esa biblioteca hice infinidad de copias de grandes letrados, Neruda, Sebastián Bach, Vargas Llosa, Gabriela Mistral, Isabel Allende y muchos más… en esos días de mi infancia habían pocos héroes en la tv y algunos en los suplementos, Kaliman, Sandocan, Batman, Superman, pero ninguno como el y nunca pude dejar de recordar ese personaje de Gabo… “Blacamán el buen vendedor de milagros” fue escrito en 1968 como parte de un libro de cuentos, y trata de un adivinador y curandero mentiroso y ruin que recurre a los más bajos trucos para engañar a la gente para que compre sus pócimas inútiles que, según dice, curan todos los males y de un muchacho que a la fuerza descubrió su don de adivino. Los invito a leer este cuento y a enviar sus comentarios al Email alian4@hotmail.com.

Blacaman el bueno... vendedor de milagros.

Del genial

García Márquez...  uno de los más conocidos e importantes novelistas de la hora actual... de lo que se ha dado en llamar la nueva narrativa latinoamericana

Desde el primer domingo que lo vi me pareció una mula de monosabio, con sus tirantes de terciopelo pespuntados con filamentos de oro, sus sortijas con pedrerías de colores en todos los dedos y su trenza de cascabeles, trepado sobre una mesa en el puerto de Santa María del Darién, entre los frascos de específicos y las yerbas de consuelo que él mismo preparaba y vendía a grito herido por los pueblos del Caribe, sólo que entonces no estaba tratando de vender nada de aquella cochambre de indios sino pidiendo que le llevaran una culebra de verdad para demostrar en carne propia un contraveneno de su invención, el único infalible, señoras y señores, contra las picaduras de serpientes, tarántulas y escolopendras, y toda clase de mamíferos ponzoñosos.  Alquien que parecía muy impresionado por su determinación consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de un frasco una mapaná de las peores, de esas que empiezan por envenenar la respiración, y él la destapó con tantas ganas que todos creimos que se la iba a comer, pero no bien se sintió libre el animal saltó fuera del frasco y le dio un tijeretazo en el cuello que ahí mismo lo dejó sin aire para la oratoria, y apenas tuvo tiempo de tomarse el antídoto cuando el dispensario de pacotilla se derrumbó sobre la muchedumbre y él quedó revolcándose en el suelo con el enorme cuerpo desbaratado como si no tuviera nada por dentro, pero sin dejarse de reir con todos sus dientes de oro.  Cómo sería el estrépito, que un acorazado del norte que estaba en el muelle desde hacía como veinte años en visita de buena voluntad declaró la cuarentena para que no se subiera a bordo el veneno de la culebra, y la gente que estaba santificando el domingo de ramos se salió de la misa con sus palmas benditas, pues nadie quería perderse la función del emponzoñado que ya empezaba a inflarse con el aire de la muerte, y estaba dos veces más gordo de lo que había sido, echando espuma de hiel por la boca y resollando por los poros, pero todavía riéndose con tanta vida que los cascabeles le cascabeleaban por todo el cuerpo.  La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y se le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan desmigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco, pero también pensaban que hasta en su estado de aserrín iba a seguirse riendo.  Aquello era tan increíble que los infantes de marina se encaramaron en los puentes del barco para tomarle retratos en colores con aparatos de larga distancia, pero las mujeres que se habían salido de misa les descompusieron las intenciones, pues taparon al moribundo con una manta y le pusieron encima las palmas benditas, una porque no les gustaba que la infantería profanara el cuerpo con máquinas de adventistas, otras porque les daba miedo seguir viendo aquel idólatra que era capaz de morirse muerto de risa, y otras por si acaso conseguían con eso que por lo menos el alma se le desenvenenara.  Todo el mundo lo daba por muerto, cuando se apartó los ramos de una brazada, todavía medio atarantado y todo desconvalecido por el mal rato, pero enderezó la mesa sin ayuda de nadie, se volvió a subir como un cangrejo, y ya estaba otra vez gritando que aquel contraveneno era sencillamente la mano de Dios en un frasquito, como todos lo habíamos visto con nuestros propios ojos, aunque sólo costaba dos cuartillos porque él no lo había inventado como negocio sino por el bien de la humanidad, y a ver quién dijo uno, señoras y señores, no más que por favor no se me amontonen que para todos hay.

Por supuesto que se amontonaron, y que hicieron bien, porque al final no hubo para todos. Hasta el almirante del acorazado se llevó un frasquito, convencido por él de que también era bueno para los plomos envenenados de los anarquistas, y los tripulantes no se conformaron con tomarle subido en la mesa los retratos en colores que no pudieron tomarle muerto, sino que le hicieron firmar autógrafos hasta que los calambres le torcieron el brazo.  Era casi de noche y sólo quedábamos en el puerto los más perplejos, cuando él buscó con la mirada a alguno que tuviera cara de bobo para que lo ayudara a guardar los frascos, y por supuesto se fijó en mí.  Aquella fue como la mirada del destino, no sólo del mío sino también del suyo, pues de eso hace más de un siglo y ambos nos acordamos todavía como si hubiera sido el domingo pasado.  El caso es que estábamos metiendo su botica de circo en aquel baúl con vueltas de púrpura que más bien parecía el sepulcro de un erudito, cuando el debió verme por dentro alguna luz que no me había visto antes, porque me preguntó de mala índole quién eres tú, y yo le contesté que era el único huérfano de padre y madre a quien todavía no se le había muerto el papá, y él soltó unas carcajadas más estrepitosas que las del veneno y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía más que estar vivo porque todo lo demás no valía la pena, y todavía llorando de risa me preguntó cuál es la ciencia que más quisieras conocer en el mundo, y esa fue la única vez en que le contesté sin burlas la verdad, que quería ser adivino, y entonces no se volvió a reir sino que me dijo como pensando de viva voz que para eso me faltaba poco, pues ya tenía lo más difícil de aprender, que era mi cara de bobo.  Esa misma noche habló con mi padre, y por un real y dos cuartillos y una baraja de pronosticar adulterios, me compró para siempre.

Así era Blacamán, el malo, porque el bueno soy yo.  Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando la buena suerte se le volteaba se volvía bruto del corazón.  En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante mucho años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de intérprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros.  Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zozobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señoras y señores, porque esto no es una orden sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación.  Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivino.  Me encerraba en el baúl sepulcral disfrazado de japonés y amarrado con cadenas de estribor para que tratara de adivinar lo que pudiera, mientras él le daba vueltas a la gramática buscando el mejor modo de convencer al mundo de mi nueva ciencia, y aquí tienen, señoras y señores, a esta criatura encandilada por las luciérnagas de Ezequiel, y usted que se ha quedado ahí con esa cara de incrédulo vamos a ver si se atreve a preguntarle cuándo se va a morir, pero nunca conseguí adivinar ni la fecha en que estábamos, así que él me desahució como adivino porque el sopor de la digestión te trastorna la glándula de los presagios, y resolvió llevarme donde mi padre para que le devolviera la plata.  Sin embargo, en esos tiempos le dio por encontrar aplicaciones prácticas para la electricidad del sufrimiento, y se puso a fabricar una máquina de coser que funcionara conectada mediante ventosas con la parte del cuerpo en que se tuviera un dolor.  Como yo pasaba la noche quejándome de las palizas que él me daba para conjurar la mala suerte, tuvo que quedarse conmigo como probador de su invento, y así el regreso se nos fue demorando y se le fue componiendo el humor, hasta que la máquina funcionó tan bien que no sólo cosía mejor que una novicia, sino que además bordaba pájaros y astromelias según la posición y la intensidad del dolor.  En esas estábamos, convencidos de haber burlado otra vez a la adversidad, cuando nos alcanzó la noticia de que el comandante del acorazado había querido repetir en Filadelfia la prueba del contraveneno, y se convirtió en mermelada de almirante en presencia de su estado mayor.

No se volvió a reir en mucho tiempo.  Nos fugamos por desfiladeros de indios, y mientras más perdidos nos encontrábamos más claras nos llegaban las voces de que los infantes de marina habían invadido la nación con el pretexto de exterminar la fiebre amarilla, y andaban descabezando a cuanto cacharrero inveterado o eventual encontraban a su paso, y no sólo a los nativos por precaución, sino también a los chinos por distracción, a los negros por costumbre y a los hindúes por encantadores de serpientes, y después arrasaron con la fauna y la flora y con lo que pudieron del reino mineral, porque sus especialistas en nuestros asuntos les habían enseñado que la gente del Caribe tenía la virtud de cambiar de naturaleza para embolatar a los gringos.  Yo no entendía de dónde les había salido aquella rabia, no por qué nosotros teníamos tanto miedo, hasta que nos hallamos a salvo en los vientos eternos de la Guajira, y sólo allí tuvo ánimos para confesarme que su contraveneno no era más que ruibarbo con trementina, pero que le había pagado dos cuartillos a un calanchín para que le llevara aquella mapaná sin ponzoña.  Nos quedamos en las ruinas de una misión colonial, engañados con la esperanza de que pasaran los contrabandistas, que eran hombres de fiar y los únicos capaces de aventurarse bajo el sol mercurial de aquellos yermos de salitre.  Al principio comíamos salamandras con flores de escombros, y aún nos quedaba espíritu para reirnos cuando tratamos de comernos sus polainas hervidas, pero al final nos comimos hasta las telarañas de los aljibes, y sólo entonces nos dimos cuenta de la falta que nos hacía el mundo.  Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierna que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor.  Sin embargo, a la hora en que debíamos habernos muerto se me acercó más vivo que nunca y estuvo la noche entera vigilándome la agonía, pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento, y antes del amanecer me dijo con la misma voz y la misma determinación de otra época que ahora conocía la verdad, y era que yo le había vuelto a torcer la suerte, de modo que amárrate bien los pantalones porque lo mismo que me la torciste me la vas a enderezar.

Ahí fue donde se echó a perder el poco de cariño que le tenía.  Me quitó los últimos trapos de encima, me enrolló en alambre de púas, me restregó piedras de salitre en las mataduras, me puso en salmuera en mis propias aguas y me colgó por los tobillos para macerarme al sol, y todavía gritaba que aquella mortificación no era bastante para apaciguar a sus perseguidores.  Por último me echó a pudrir en mis propias miserias dentro del calabozo de penitencia donde los misioneros coloniales regeneraban a los herejes, y con la perfidia de ventrílocuo que todavía le sobraba se puso a imitar las voces de los animales de comer, el rumor de las remolachas en octubre y el ruido de los manantiales, para torturarme con la ilusión de que me estaba muriendo de indigencia en el paraíso. Cuando por fin lo abastecieron los contrabandistas, bajaba al calabozo para darme de comer cualquier cosa que no me dejara morir, pero luego me hacía pagar la caridad arrancándome las uñas con tenazas y rebajándome los dientes con piedras de triturar, y mi único consuelo era el deseo de que la vida me diera tiempo y fortuna para desquitarme de tanta infamia con otros martirios peores.  Yo mismo me asombraba de que pudiera resistir la peste de mi propia putrefacción, y todavía me echaba encima las sobras de sus almuerzos y mataba animales del desierto y los ponía por los rincones para que el aire del calabozo se acabara de envenenar.  No sé cuánto tiempo había pasado, cuando me llevó el cadáver de un conejo para mostrarme que prefería echarlo a pudrir en vez de dármelo a comer, y hasta allí me alcanzó la paciencia y solamente me quedó el rencor, de modo que agarré el conejo por las orejas y lo mandé contra la pared con la ilusión de que era él y no el animal el que se iba a reventar y entonces fue cuando sucedió, como en un sueño, que el conejo no sólo resucitó con un chillido de espanto, sino que regresó a mis manos caminando por el aire.

Así fue como empezó mi vida grande.  Desde entonces ando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidós si lo son por accidente o peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcos de infantes o cualquier otro gesto de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arrego especial, a los locos según su tema, a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filántropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazariños a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no respondo si se les confunden las enfermedades y quedan curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre, y los cohetes hasta que se quemen los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan los maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta mía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban.  Lo único que ya no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan se vuelven a morir de desilusión.  Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado.  La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo que único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible de dieciséis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era barítono de la ópera de los piratas de Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tartarita y mis botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se me marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por comprar los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, las medallas con mi perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de colondrinas como los padres de la patria.

Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención.  La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran en espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fíjense bien que ahora no me estoy riendo como antes sino aguantando las ganas de llorar.  Cómo sería de convincente, que se desabotonó la camisa con los ojos ahogados de lágrimas y se daba palmadas de mulo en el corazón para indicar el mejor sitio de la muerte, y sin embargo los infantes de marina no se atrevieron a disparar por temor de que las muchedumbres dominicales les conocieran el desprestigio.  Alguien que quizás no olvidaba los blacamanismos de otra época consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de una lata unas raíces de barbasco que habrían alcanzado para sacar a flote a todas las corbinas del Caribe, y él las destapó con tantas ganas como si de verdad se las fuera a comer, y en efecto se las comió, señoras y señores, no más que por favor no se me conmuevan ni vayan a rezar por mi descanso, que esta muerte no es más que una visita.  Aquella vez fue tan honrado que no incurrió en estertores de ópera sino que se bajó de la mesa como un cangrejo, buscó en el suelo a través de las primeras dudas el lugar más digno para acostarse, y desde allí me miró como a una madre y exhaló el último suspiro entre sus propios brazos, todavía aguantando sus lágrimas de hombre y torcido al derecho y al revés por el tétano de la eternidad.  Fue esa la única vez, por supuesto, en que me fracasó la ciencia.  Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar una misa de tinieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para él solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepulcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror.  Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de lástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.

 

 

 

 

Amor Verdadero

No podemos pasar el mes de febrero sin hablar del amor, el sentimiento más sublime creado en el corazón del hombre y de la mujer. El amor en su expresión total ha llegado a tocar límites que en nuestra mente nunca imaginariamos y llega a relizar las más heróicas acciones. Por amor dos personas totalmente desconocidas deciden unir sus vidas para siempre. Por amor nacen nuestros hijos. Por amor amamos, respetamos y cuidamos de nuestros padres y seres queridos. Por amor ofrecemos amistad a personas que jamás hemos visto y que no tienen ningún tipo de vínculo con nosotros. Por amor al ser humano se estudia medicina para salvar vidas. Por amor se derrama sangre para defender la patria amada. Por amor se estudian leyes para que se haga la justicia en nuestros países. Por amor murió el ser mas maravilloso que vino a este mundo, Jesucristo, para salvarnos y darnos la vida eterna.

Hoy quiero compartir una anócdota sobre el verdadero y sincero amor. Se refiere a un matrimonio que pasó toda una vida unidos por ese bello sentimiento del cual hoy hablamos en este artículo. Es una historia contada por un autor desconocido. Por eso como dice la Escritura: "porque fuerte como la muerte es el amor" y "las muchas aguas no podrán apagar el amor ni lo ahogarán los rios"

Dice asi:

Un sabio maestro se encontró frente a un grupo de jóvenes que se declaraban en contra del matrimonio. Los muchachos argumentaban que el romanticismo constituye el verdadero sustento de las parejas y que es preferible acabar con la relación cuando éste se apaga en lugar de entrar a la hueca monotonía del matrimonio.
El maestro les escuchó con atención y después les relató un testimonio personal:
- Mis padres vivieron 55 años casados. Una mañana mi mamá bajaba las escaleras para prepararle a papá el desayuno cuando sufrió un infarto y cayó. Mi padre la alcanzó, la levantó como pudo y casi a rastras la subió a la camioneta. A toda velocidad, condujo hasta el hospital mientras su corazón se despedazaba en profunda agonía. Cuando llegó, por desgracia, ella ya había fallecido.
Durante el sepelio, mi padre no habló, su mirada estaba perdida. Casi no lloró. Esa noche sus hijos nos reunimos con él. En un ambiente de dolor y nostalgia recordamos hermosas anécdotas. Él pidió a mi hermano teólogo que dijera algunas reflexión sobre la muerte y la eternidad. Mi hermano comenzó a hablar de la vida después de la muerte. Mi padre escuchaba con gran atención. De pronto pidió "llévenme al cementerio".
"Papá" respondimos "¡Son las 11 de la noche! No podemos ir al cementerio ahora!" Alzó la voz y con una mirada vidriosa dijo: "No discutan conmigo por favor, no discutan con el hombre que acaba de perder a la que fue su esposa por 55 años". Se produjo un momento de respetuoso silencio. No discutimos más. Fuimos al cementerio, pedimos permiso al velador y, con una linterna llegamos a la lápida. Mi padre la acarició, oró y nos dijo a sus hijos que veíamos la escena conmovidos: "Fueron 55 buenos años...¿saben?, Nadie puede hablar del amor verdadero si no tiene idea de lo que es compartir la vida con una mujer así". Hizo una pausa y se limpió la cara. "Ella y yo estuvimos juntos en todo. Alegrías y penas. Cuando nacieron ustedes, cuando me echaron de mi trabajo, cuando ustedes enfermaban", continuó "Siempre estuvimos juntos. Compartimos la alegría de ver a nuestros hijos terminar sus carreras, lloramos uno al lado del otro la partida de seres queridos, rezamos juntos en la sala de espera de muchos hospitales, nos apoyamos en el dolor, nos abrazamos y perdonamos nuestras faltas... hijos, ahora se ha ido y estoy contento, ¿saben por que?, porque se fue antes que yo, no tuvo que vivir la agonía y el dolor de enterrarme, de quedarse sola después de mi partida. Seré yo quien pase por eso, y le doy gracias a Dios. La amo tanto que no me hubiera gustado que sufriera..."
Cuando mi padre terminó de hablar, mis hermanos y yo teníamos el rostro empapado de lágrimas. Lo abrazamos y él nos consoló:
- "Todo está bien hijos, podemos irnos a casa; ha sido un buen día". Esa noche entendí lo que es el verdadero amor. Dista mucho del romanticismo y no tiene que ver con el erotismo. Más bien es una comunión de corazones que es posible porque somos imagen de Dios. Es una alianza que va mucho mas allá de los sentidos y es capaz de sufrir y negarse cualquier cosa por el otro."
Cuando el maestro terminó de hablar, los jóvenes universitarios no pudieron debatirle. Ese tipo de amor les superaba en grande. Pero, aunque no tuviesen la valentía de aceptarlo de inmediato, podían presentir que estaban ante el amor verdadero. El maestro les había dado la lección mas importante de sus vidas.

Espero que esta historia nos haga reflexionar sobre lo que es el verdadero amor y apreciemos más los momentos vivídos con las personas que amamos.

Amistad

En estos días me puse a recordar a mis amistades más preciosas. Soy una persona feliz: tengo más amigos de lo que imaginaba. Me alegro mucho al verlos.
No puedo trazarte límites dentro de los cuales debes actuar, pero si te ofrezco el espacio necesario para crecer.

No puedo evitar tus sufrimientos cuando alguna pena te parta el corazón, pero puedo llorar contigo y recoger los pedazos para armarlo de nuevo.

No puedo decirte quien eres ni quien deberías ser. Solamente puedo quererte como eres y ser tu amigo. En estos días ore por ti...

En estos días me puse a recordar a mis amistades más preciosas. Soy una persona feliz: tengo más amigos de lo que imaginaba.

Eso es lo que ellos me dicen, me lo demuestran. Es lo que siento por todos ellos. Veo el brillo en sus ojos, la sonrisa espontánea y la alegría que sienten al verme.

Y yo también siento paz y alegría cuando los veo y cuando hablamos, sea en la alegría o sea en la serenidad, en estos días pensé en mis amigos y amigas y, entre ellos, apareciste tú.

No estabas arriba, ni abajo ni en medio. No encabezabas ni concluías la lista. No eras el número uno ni el número final.

Lo que sé es que te destacabas por alguna cualidad que transmitías y con la cual desde hace tiempo se ennoblece mi vida.

Y tampoco tengo la pretensión de ser el primero, el segundo o el tercero de tu lista.

Basta que me quieras como amigo. Entonces entendí que realmente somos amigos.

Hice lo que todo amigo: Ore... y le agradecí a Dios que me haya dado la oportunidad de tener un amigo como tú.

Era una oración de gratitud: Tú has dado valor a mi vida...

Melancolia...

Un día nos viene unas ganas inmensas de no hacer nada, de no ir a ningún lado, de no ver a nadie, de llorar por algo que ni siquiera tiene nombre.

Al principio sobreviene la confusión, que más tarde termina por convertirse en miedo; si tales estados de ánimo se repiten y se prolongan. No es nada nuevo. Se trata de un episodio de melancolía.

Una vez, hace tiempo, la melancolía se llamaba Demonio Meridiano, y adoptaba las formas de la desesperación y la divagación, pero también las de la pusilanimidad, la verbosidad y la inestabilidad, aunque su número era legión.

Ahora se llama depresión y sigue siendo melancolía, tan vieja como el hombre mismo y -salvo el dolor de muelas- uno de los padecimientos más atroces.

Los textos de la Edad Media, que pueden ser equivocados pero son minuciosos, mencionan entre los síntomas de la melancolía una gama que va del ánimo pequeño (cuando el ser pusilánime se retrae turbado por el compromiso de la existencia), y a la desesperación (cuando se tiene la vana certeza de estar ya condenado anticipadamente, y se ensimisma uno en la obsesiva contemplación de la propia ruina). Si la pusilanimidad es vivir con reticencia, la desesperación es morir muchas veces antes de la definitiva.

Pero ni siquiera las descripciones más precisas pueden retratar una sombra que lastima lo que cubre, se mire como se mire: la melancolía endurece el pulso, seca el vientre, produce flato y constipación o exceso, y eructos ácidos, pero también ennegrece la piel y la orina y la sangre, hace que se oigan zumbidos en el oído izquierdo, provoca sueños tenebrosos, y es raíz de la histeria, rama de la demencia, fruto de la epilepsia, semilla de la lepra, extremo de la hemorroides más externa, según la observación de Palermo, quien escribió un Régimen Sanitario en la Edad Media.

Nada de ésto es cosa de risa, al contrario. Muestra que desde hace siglos hay gente que sufre depresiones y gente que se interesa en observar para ver si puede aliviarlas. Tan es así que la depresión pasó de ser combinación de humores corporales a ser manifestación satánica o divina, y de ahí a ser un proceso de la conciencia o del inconsciente, y desde hace medio siglo se considera consecuencia de procesos químicos deficientes. Pero sigue siendo la misma cosa, algo que no se puede ver con claridad aunque sea claro que se trata de algo que uno padece.

Yo pasé varios meses sufriendo media página de efectos secundarios que me hicieron olvidar la depresión, que dejó de ser cosa de estigma y durante un periodo fugaz fue padecimiento de moda.

Las revistas que hasta hace poco ignoraban el tema tienen secciones en las que se discute si los tricíclicos son más efectivos que los inhibidores.

Hay quienes, como yo, sospechan que la definición de la depresión y su tratamiento han ido cambiando por las estrategias de mercadotecnia de las empresas farmacéuticas y no por las necesidades reales del paciente, pero esa es otra historia. Por el momento basta lo que ya se ha dicho y la deprimente perspectiva de la guerra que viene.

Pero la depresión es cosa seria. La cifra de quienes sufren este padecimiento es alta aunque nunca pueda llegar a ser precisa. La gente se deprime. Más gente se deprime más, pero no viceversa. Y entonces le dan a uno una píldora para que todo vuelva a ser como antes. La píldora hace que todo vuelva a ser como antes aunque en realidad no lo sea, porque ya nada vuelve a ser como antes. Y mañana hay que tomarse otra.

Sobre las despedidas...

Algún día alguien muy cercano y amado me pregunto si todas las despedidas eran traumáticas... Hay muchos tipos. Están las de los compañeros de trabajo que se van, queda desearle suerte, darles un abrazo, y decir comemos un día de estos, me llamas o te llamo.

Despedidas memorables las políticas. Las lágrimas en cadena nacional mientras pronuncian su último discurso como jefe del estado. O la multitud de reporteros que con los flashes iluminaran sus lágrimas antes de ir a otro lado de la historia.

Todos sabemos, que las despedidas de amor dejan huellas y son traumáticas por eso no hablare de ellas.

El cine nos ofrece la escena de Casablanca, cuando Ilsa Lund y Rick Blaine se despiden en la penumbra del Café de Rick hasta que a uno se le salen las lágrimas. Rick dice "Siempre tendremos nuestro recuerdo de Paris; Ilsa lo ve a los ojos y dice "Esa vez te dije que nunca te dejaría". Rick responde algo heroico, alza su copa y la mira. Mientras suena el piano.

Hay veces en que las despedidas expresan un verdadero deseo de que todo vaya bien porque irse a otra parte es señal de que todo irá bien.

A algunos les provoca alivio que alguien anuncie que se va, o en secreto sufren por la decisión.

Todos hemos sentido, o sentiremos, el dulce dolor de la duda que nos hace pensar en lo que pudo haber sido.

¿Cómo odiar a los gringos?

Lo que si no sabía, y por tanto me sorprendió notablemente, es que nosotros íbamos a una guerra contra los gringos. Sin embargo, a mi me pareció un buen gesto de que nos informara de esa situación por aquello de que „guerra avisada no mata soldado‰.

Fue así como ese mismo sábado puse en marcha varias acciones para lograr aborrecer a nuestros enemigos, es decir empecé a prepararme para la lucha contra los que viven al norte del río Grande y al sur de Canadá. Lo primero que hice fue salir a la calle y caerle a patadas a mi auto americano, modelo 1985, que siempre me deja botado en la carretera y me obliga a gastar millones de bolívares para mantenerlo parapeteado. "La próxima vez me compro un carro japonés o europeo", decía mientras me entrenaba en el odio.

Luego llevé a mis muchachas y mi niño a cortarse el pelo en una peluquería infantil. Allí y durante dos horas me tuve que aguantar las cancioncitas del inefable dinosaurio morado gringo que mientan Barnie. ¿Cómo no odiar a los gringos luego de calarse a tan nefasta creación? ¿Cómo no pensar que es un mensaje de la contrarrevolución la empalagosa afirmación con que cierra cada capítulo "te quiero yo, y tú a mí, somos una familia feliz"? No era aún el mediodía y ya era bastante buenas mis condiciones para ir a la guerra.

Salimos de la peluquería y nos fuimos a un lugar de comida rápida; unas de esas invenciones llamadas franquicias cuya idea viene de yu-es-ai. Allí, tentado por una espectacular fotografía, pedí una hamburguesa doble con queso amarillo, con papitas súper crujientes y refresco. Como respuesta a mi pedido y al desproporcionado pago, recibí tres pedazos de pan encerrando a dos suelas de carne, con un mísero queso. Las papas viejas y el refresco aguado."Te odio gringo, te odio". Créanme que si en ese momento me dan un arma, arranco a los cayos de Florida para empezar la invasión.

En la noche, encendí un canal por cable y me conseguí un programa de Michael Moore (The auwful thruth o La terrible verdad), ese que se ha erigido –con libros y videos– como la voz de la conciencia de los gringos, quien nos hace ver lo imperfecta, injusta y hasta salvaje que es la sociedad norteamericana. Ver los descubrimientos de Moore junto a su gorda y sobre-pesada humanidad tenían el mismo efecto: yo estaba odiando a los gringos.

Pero esa misma noche, y mucho antes del comunicado de la Cancillería, que separaban la opinión de Otaiza del pensamiento del Gobierno, me encontré con algo que acabó con mi estado de animadversión contra los ciudadanos de los Estados Unidos de América.

Se trataba de Saturday Nigth Life, un programa de humor que transmiten en vivo (aquí lo retransmiten "inexplicablemente" varios meses posterior a su edición). En una de sus parodias, los gringos estos que debemos odiar, se mofaban de las declaraciones y conductas del Presidente, George W. Bush, el Vice-presidente, Dick Cheney, el Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld y Condoleezza Rice.

Entonces me imaginé disparándole al elenco o a los productores de tan inteligente programa y no me jayaba. Me parecía absurdo combatir a quienes usan el humor para criticar a los líderes de uno de los países más poderosos del mundo sin temor a ser citados por la Fiscalía a solicitud de algún funcionario del ejecutivo de USA.

Así el humor logró hacerme entrar en razón y pensar que si hay algo para odiar es a la guerra, a la política exterior de muchos estados, a la violación de los derechos humanos, a la exclusión por motivos de tu convicción política, opinión, raza o religión. Eso, es lo que tenemos que odiar, aquí y en los Estados Unidos. Y para combatirlo lo que menos necesitamos son armas.

Yo no entendí porque la gente se horrorizó (y aún se horroriza) con las declaraciones de Eliézer Otaiza en las cuales sostenía que „cuando se va a la guerra hay que empezar a odiar al contrincante‰ (El Nacional, 2-04-2005). Eso es lógico.